



En La banda sonora de mi vida, Sergio Ferro propone una experiencia donde la memoria personal y la cultura popular se materializan en objetos escultóricos que remiten al universo del sonido. La exposición presenta una serie de discos hechos en cerámica que evocan vinilos, no como soportes funcionales, sino como huellas sensibles de una escucha íntima y afectiva.
Cada pieza funciona como un registro silencioso: canciones que ya no suenan, pero que persisten en la memoria a través de la forma, la textura y el peso del material. La cerámica —frágil y resistente a la vez— introduce una tensión entre lo permanente y lo efímero, entre la durabilidad del objeto y la fugacidad del sonido. Así, el disco deja de ser un medio de reproducción para convertirse en un contenedor de recuerdos, emociones y momentos vitales.
La muestra invita al espectador a reconocer su propia historia sonora, a activar recuerdos asociados a canciones, épocas y afectos. En este gesto, Ferro desplaza el sonido hacia el campo de lo visual y lo táctil, proponiendo una escucha expandida que ocurre desde la contemplación y la memoria.
Presentada en Salón Comunal en el marco de ARTBO Fin de Semana, La banda sonora de mi vida reafirma el interés del artista por explorar los cruces entre objeto, experiencia cotidiana y memoria colectiva, y propone una reflexión poética sobre cómo la música, aun en silencio, sigue acompañando nuestras vidas.
Sobre bandas sonoras
Cuando recordamos episodios de nuestra vida, nuestro cerebro está recordando, en realidad, la última vez que vivimos ese episodio. Es decir, el cerebro humano recuerda recuerdos y crea copias de copias. Con el tiempo, ese recuerdo que creemos fiel es un dibujo deteriorado, el calco del calco del calco. Eso no desvaloriza los recuerdos, de la misma manera en que saber que el amor es un pico de oxitocina, serotonina y dopamina en el cerebro no lo hace menos amor. Es solamente que la memoria, más que una historiadora, es una poeta. Perviven en el tiempo una serie de emociones, la percepción de un clima específico, una luz, un espacio en el que creemos recordar haber estado.
La memoria tiene, sin embargo, vehículos de alta velocidad y máquinas del tiempo que, incluso cuando no lo queremos, nos arrojan en paraderos sorprendentemente conocidos. Las canciones, como los olores, son recuerdos instantáneos que, sin control, nos devuelven a sitios y momentos específicos, nos permiten revivir sensaciones y nos devuelven de cuerpo entero a nuestros momentos más hermosos y más horribles. Esa conexión que tenemos con la música de nuestras vidas es necesariamente la conexión que establecimos con el alma de cada artista que la conforma; nos permiten conectarnos con aquellos con quienes decidimos, aunque sea por un momento, compartir este planeta y nos permiten también estar a solas con aquello que sentimos. Nadie oye una canción exactamente de la misma forma que la persona que tiene al lado, no importa si ambos miran al infinito, los ojos aguados y las manos apretadas contra el pecho.
La banda sonora de una persona nada tiene que ver con el buen gusto, ni con aquello que no nos haga pasar vergüenza, a veces es todo lo contrario. Cuando nos reconciliamos con esas emociones y con nuestros lados más cursis todo es disfrutar y sentir, sin el aspaviento de quienes saben, la insensatez de quienes solo oyen música para que sepan qué estaban oyendo. Gracias a la música, incluso, podemos apreciar por igual el recuerdo de los buenos y los malos momentos. Que tire la primera piedra quien no ha sabido saborear en el aire la sensación de un despecho que fue, la tristeza de un año que ya hace rato pasó y dejó simplemente un reflejo que nos frunce la cara y se siente como un golpe, pero es otra brisa y otro espíritu, incluso las sensaciones que el cuerpo recuerda de un amor viejo que estaba bien dejar, una de esas batallas que afortunadamente perdimos.
Pasamos nuestras vidas huyendo de las emociones que consideramos negativas, como el dolor, la tristeza, el miedo, la ira; solamente la música nos ha entregado consistentemente la posibilidad de entregarnos y saborear esas emociones, hacerlas parte de la historia que nos contamos sobre nuestra propia vida. Incluso la persona más simple, alguien sin un asomo de monólogo interno, tiene una banda sonora.
La música, aun así, es imposible de retratar. Podemos, quienes pertenecemos al mundo de lo plástico y lo visual, intentarlo de muchas formas y, en esos intentos, crear también obras que nos permitan tender puentes con el alma de otras personas. Esta exposición es uno de esos acercamientos, con piezas cuidadas y rigurosas que nos permiten conectar con la intimidad y las historias de Sergio Ferro.
Cada regreso, como en esas citas silenciosas de un muchacho con sus audífonos, es una conversación solitaria, una dimensión infranqueable de la intimidad. Esta serie de réplicas en cerámica de fundas de discos en vinilo nos las muestra pandeadas, como suele pasarles tras el uso continuo. Es una imagen que se fue un tiempo y ha vuelto desde hace algunos años, con el regreso de los LP, pero que quienes repetimos obsesivamente los álbumes que nos pertenecen (a los que pertenecemos), conocemos de memoria.
El trabajo realizado por Sergio Ferro en esta exposición, a partir de su propia banda sonora, no tiene como único centro el virtuosismo de la réplica de estos estuches para vinilos (que es innegable), ni encuentra su principal virtud en la curaduría. Ninguno de estos o los otros elementos que constituyen la exposición, ni la apertura de la dimensión íntima, el relato o el trabajo arduo, sobreviven por separado. Cada parte del proceso es igual de importante y tuvo que hacerse a mano: el dibujo que es fiel sin ser exacto, pero que debe quedar perfecto, parecido y verosímil; el color, que se hace vidrio con las sucesivas quemadas y sin el cual cada álbum sería solamente un fantasma; la historia escrita en la contracarátula, que nos saca de la idea de que son simplemente réplicas u “homenajes”; el ejercicio de autoexploración y afecto, la curaduría de nosotros mismos que hacemos cuando, por ejemplo, le mandamos a alguien una playlist que nos revela; cada uno de estos pasos que relato en desorden y los que me faltan, como el recuento de la manera en que Sergio logra capturar el alma de la música, que es sólo alma y afortunadamente es el milagro que nos recibe cuando no queremos saber de nada ni nadie.
Esta es una obra sobre la memoria, pero no como anclaje al pasado, sino precisamente como recuerdo que se nutre de sí mismo y siempre es nuevo, un disco que siempre que se oye es maravilloso, un artista cuya sola cara en el cartón nos devuelve a los corredores de las casas donde crecimos. Como se hace con las canciones y los álbumes, Sergio tuvo que volver sobre cada una de estas piezas varias veces, al menos una por cada etapa del proceso que da vida a las cerámicas que hoy están expuestas acá.
Santiago Rivas
La banda sonora de mi vida
Exposición
Artista: Sergio Ferro
Inauguración 16 de abril de 2026
ARTBO Fin de semana | 16 a 19 de abril | https://www.artbo.co/Programa-ARTBO/fin-de-semana
Lunes-viernes - 10am a 6pm
Tv 27a#53b-25-Salón Comunal
